Yella

Yella ★★★★

Este thriller con elementos fantásticos, de 2007, analiza las relaciones entre la ex Alemania Occidental y Oriental al contar la historia de una mujer (Nina Hoss) que se muda a Hanover para trabajar en el mundo de las finanzas.

Acaso la última película de la trilogía de fantasmas del alemán Petzold sea la más literal de todas ellas. Inspirada claramente en CARNIVAL OF SOULS –clásico del terror clase B de los años ’60–, YELLA traslada la acción a una específica zona de Alemania, la que se ubica en el invisible límite entre el Este y el Oeste, entre la vieja «Alemania Oriental» y la «Alemania Occidental». Se trata de una película de 2007, casi veinte años después de la reunificación del país que siguió a la caída del Muro de Berlín, pero las diferencias seguían (y en más de un sentido siguen) siendo ostensibles. Y, más allá de su línea de relato fantástico, la película del realizador de BARBARA habla exactamente de eso.

El misterio de YELLA funciona en el plano de las relaciones humanas y, a la vez, desde lo simbólico. Para los «occidentales», los habitantes de la ex Alemania Oriental pueden ser personas por momentos invisibles, fantasmales, como si no existieran realmente o no tuvieran un rol importante que cumplir. A los de la ex Alemania del Este les resulta lo contrario: se acercan a sus vecinos desde una envidia y admiración que no les deja ver que son (o que pueden ser) igual o aún más turbios y siniestros que los suyos, esos «campesinos» que tanto desprecian.

Para Yella, estar en ese escenario califica como una «out of body experience«, como algo que se vive de una manera separada de la realidad, como una muy realista pesadilla. Petzold vuelve literal esa experiencia de estar y no estar, mediante imágenes, «visiones» y sonidos extraños. En ese universo de espacios desolados, negocios turbios y personas que no son lo que parecen (o no parecen lo que son), el realizador de JERICHOW arma una feroz crítica al neoliberalismo imperante en su país, desmitificando la idea de que hacer negocios allí es, para Yella, más prolijo que en su lugar de origen.

De uno y otro lado de esa frontera imaginaria (pero no tanto), los hombres operan, inventan, disimulan y mienten de la misma manera. Para Petzold, la reunificación es esencialmente eso. Descubrir que en el «otro lado» pueden ser iguales o peores que en el nuestro. Y que uno mismo, liberado para proceder salvajemente a partir su más desaforada ambición, alejado de sus orígenes y de las responsabilidades comunitarias que eso conlleva, puede serlo también. Tanto en la fantasía como en la realidad. Más monstruo que fantasma.

Si algo nos viene a confirmar Yella es que Christian Petzold tiene un bueno ojo para el retrato femenino. No se trata tanto de una obsesión compulsiva, ni de un ejercicio de voyeurismo ni, tan siquiera, de una reivindicación ‹sui generis› de feminismo combativo. Es algo tan sencillo, y a la vez tan complicado, como tejer historias desde un prisma de género, desde una cosmovisión que pone su centralidad en el punto de vista femenino.

Ya desde el título se nos indica dicha centralidad, invitándonos a adentrarnos en la historia de su protagonista. Un relato que parte de lugares comunes (la huida de una ex-pareja maltratadora) para sumergirnos en una metáfora sobre el tiempo como perseguidor implacable y adentrarnos en un mundo donde el maltrato físico no es más que una micrometáfora de la realidad cotidiana,

Yella no es pues tan solo un retrato de una mujer en apuros buscando espacios de confort sino más bien una panorámica modélica de transiciones en pequeños espacios que llevan siempre al mismo lugar: el abuso, la fatalidad y una sensación fatalista de no haber posibilidad de escape de un pasado que se manifiesta en el presente en toda forma posible.

Los esquemas formales sobre los que pivota el director germano son una vez más el ‹leitmotiv› musical clásico, cierta frialdad y asepsia espacial y una narración suave que crean un marco que se aleja de lo terrible en la puesta en escena y que hace precisamente más doloroso lo acaecido en el relato. Con un formato genérico que oscila entre el thriller empresarial y el drama personal, Yella propone una historia mínima en la superficie para profundizar paulatinamente en el proceso de reafirmación primero y reafirmación posterior de una protagonista que vive con entereza unas situaciones donde lo que podría ser un sueño de otra forma de vida se convierte en una pesadilla reiterativa y agotadora.

Pasado y presente se unen en un acoso, un acecho constante que parece privar de cualquier atisbo de futuro como si todos los días fueran un atrapado en el tiempo con unas mínimas variaciones que, lejos de ofrecer vías de escape, cierran toda esperanza de huida hasta llegar a un final tan inesperado como coherente dentro de la lógica interna del film.

Petzold construye pues un film que no pretende construir una figura femenina de aires reivindicables ni pseudomitológicos (como sí haría en Undine), no. En Yella nos ponemos en la piel de una mujer cotidiana y de los peligros que debe afrontar. Elementos agresivos que restan agazapados en su aparente normalidad vista a través del ojo masculino pero que florecen cual flor venenosa en cualquier momento o lugar si son vividos como mujer.

Petzold construye un alegato que no necesita posicionarse constante y políticamente como feminista, sino que le basta con poner la mirada de su protagonista en el espejo para que el reflejo nos muestre cuál es la realidad a la que se debe enfrentar. Una descripción que se mueve con tranquilidad, y un punto de belleza clasicista, entre el fatalismo tangible de lo real y un pesimismo determinista en lo existencial. Y por eso mismo resulta tan doloroso, tan cercano.