Redes

Redes ★★★½

“Sé que te ha ido mal, ¿quieres pescar con nosotros?”

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Al comienzo de alguna película, podemos ver un mar enardecido, que rompe incesantemente contra una barrera de hormigón. Ésta se mantiene impávida, pero la fuerza de la marejada crece con cada ola. Es el presagio de la revolución inminente, una alegoría de la lucha proletaria que estaba por nacer en Odessa.

La escena pertenece a El Acorazado Potemkin (Eisenstein, 1925), setenta y siete minutos que lo cambiaron todo. A través de este filme, el mundo conoció por primera vez el verdadero potencial del medio cinematográfico. Las imágenes grabadas en celuloide, así como la manera de ordenarlas; eran capaces de producir sus propios significados, de enaltecer o envilecer ideologías, de construir cultura.

Hasta tal extremo han llegado las olas de Eisenstein, que es difícil pensar en algún filme que no dialogue con sus postulados. No obstante, la influencia de El Acorazado Potemkin va más allá de la innovación formal. Hace casi noventa años, en una playa muy lejos de Odessa, se rodó una película que buscó evocar los mismos ideales. La intención de sus creadores era fundar con ella un nuevo cine socialista, que llevara la flama de la revolución al proletariado mexicano.

Esta película fue Redes. Sin embargo, no alcanzó ninguno de esos objetivos. Tuvo una recepción apática, jamás fue vista por obreros y apenas estuvo en cartelera. Aquel ambicioso proyecto del cine estatal mexicano, que tanto entusiasmó a quienes la concibieron, nació y murió con ella.

Vista a la distancia, sus deudas y carencias parecen evidentes. Tal como hiciera El Acorazado Potemkin, Redes plantea un conflicto en términos marxistas. La historia es sencilla. Un grupo de pescadores empobrecidos se rebela en contra del empresario local, que controla los medios de producción y distribución de sus productos. Éste, por su parte, aprovecha el apoyo de la iglesia y las autoridades para sembrar discordia entre los obreros.

Hay que decirlo. Como vehículo ideológico y como texto dramático, la cinta se queda muy corta. El guion es tosco, sus diálogos insulsos y su intención evidente. Incluso el recurso, también tomado de Eisenstein, de contratar a actores sin experiencia contribuye al acartonamiento. Si además consideramos que fue estrenada el mismo año que ¡Vámonos con Pancho Villa! (De Fuentes, 1936), Redes se siente todavía más obsoleta; como un inacabado punto medio entre el cine mudo y el sonoro.

Aun así, me parece un filme absolutamente cautivador, que compensa todos esos defectos con una propuesta visual de primer orden. Cuando los personajes callan; fotografía, montaje y música se apoderan de la narración. Todo se convierte en espectáculo, las playas cobran vida y la película se vuelve extraordinaria.

Paul Strand, el gran pionero de la fotografía directa, aportó a cada plano de Redes una composición sumamente pulcra. Es un estilo basado en encuadres equilibrados y geométricos, que configuran los elementos del territorio en torno a los temas centrales del filme. Con la ola de Eisenstein como punto de partida, Strand despliega un imaginario socialista completamente original, basado en los cuadros de un pueblo pesquero.

Dicho enfoque resulta muy superior a la narrativa literaria del filme, que es demasiado explícita en sus metáforas. En cambio, para evocar la opresión de los trabajadores, Strand los fotografía bajo la sombra de redes de pesca y hojas de palma. También, utiliza ganchos, que cuelgan como anzuelos frente a sus rostros desolados. Para exponer su conexión con los medios de producción, muestra a los pescadores manipulando redes, con las venas de sus brazos confundiéndose con las cuerdas. La secuencia final es otra alegoría. Vemos olas, como en El Acorazado Potemkin. Pero éstas están hechas de hombres, que llevan en sus botes el despertar de la conciencia de clase.

La formación de Strand en la fotografía fija también repercute en otros aspectos. Por ejemplo, el filme utiliza planos de perfil y contrapicados con una frecuencia inusual para una obra de ficción. Además, tiene cierto carácter esteticista, que se manifiesta en una atención desmesurada por los detalles del entorno. Estas cualidades, aunadas al poco movimiento de la cámara, hacen de Redes una película relativamente estática.

La obra alcanza su cumbre durante la secuencia de la pesca, acompañada por la célebre partitura de Silvestre Revueltas. Ésta constituye una síntesis perfecta, sutil y elocuente, de los temas que Zinnemann y Strand abordan. Sus seis minutos representan un derroche de virtuosismo y creatividad desenfrenada, además de uno de los máximos logros del cine mexicano previo a la Edad de Oro. Por sí misma, es razón suficiente para revisar el filme.