Mulholland Drive

Mulholland Drive ★★★★★

“¡No hay banda! ¡There is no band! ¡Il n'est pas de orquestra!... Todo esto es... una grabación."

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La fascinación de David Lynch por los sueños podría hacernos pensar que su cine es un arte efectista, más preocupado por crear imágenes delirantes que por conectar con aspectos genuinos de la experiencia humana. Ciertamente, en los mundos que sus películas conjuran, la barrera entre lo ordinario y lo imposible no es más que una línea borrosa, que cambia y se desvanece ante fuerzas innombrables.

No obstante, debajo de todos estos paisajes oníricos, podemos hallar expresiones de una honestidad abrumadora. El mundo cotidiano nunca ha funcionado como la pesadilla industrial de Cabeza Borradora (1977) ni tampoco se parece al infierno suburbano de Terciopelo Azul (1986). Sin embargo, aun cuando lo que vemos resulta evidentemente irreal, lo que experimentamos al verlo siempre proviene de lugares conocidos. No hay nada más que honestidad en la angustia de Henry Spencer o en la abyección de Frank Booth. Por eso, nos invaden, nos horrorizan y nos cautivan. Por eso, se sienten como estados prohibidos de la mente.

La manera en la que Lynch hace cine suele ser confundida con el surrealismo, pero parte de una lógica fundamentalmente distinta. Si despoja su mirada de cualquier pretensión de naturalismo, lo hace para revelar verdades esquivas. Más que relatos o argumentos, sus filmes parecen atmósferas embriagantes. Son sinfonías abstractas de imágenes y sonidos, que obligan al espectador a mirar hacia adentro.

Gracias a estas cualidades tan singulares de producción y recepción, Lynch se ha erigido en uno de los estetas más discutidos del cine posmoderno. Sin embargo, fue hasta Mulholland Drive que su experimentación con los mecanismos de la narración cinematográfica cobró protagonismo absoluto. Para contar una historia sobre Los Ángeles, decidió disolver en ella la fábrica misma del cine.

La película abre con un frenético montaje de parejas bailando. Éstas lucen como figuras recortadas, que se mueven libremente por un indefinido fondo púrpura. A la vez, entre las alegres notas del jazz, se escucha poco a poco una melodía inquietante. En el momento en que ambas composiciones alcanzan el mismo volumen, se superpone la imagen de una joven sonriente, sobreexpuesta, completamente bañada de luz blanca.

Los aplausos callan y sólo podemos oír una respiración pesada, mientras la cámara se desliza entre los pliegues de una sábana roja. Lo siguiente que observamos es una larga calle, oscura y solitaria. Es Mulholland Drive, a mitad de la noche. Allí, nos espera otra mujer. Ella no sonríe. Entretanto, la más melancólica tonada impregna el ambiente.

La clara inconsistencia en el tono y la estética de estas escenas iniciales se prolonga hacia el resto del filme. A veces, pareciera que estamos ante un bobo melodrama televisivo. Todo es optimismo y sonrisas. Los colores lucen sobresaturados, los diálogos son cándidos e inofensivos. Éstos incluso han sido doblados con torpeza sobre actuaciones exageradas.

En cambio, otros momentos nos hacen pensar en el cine negro. Sentimos a la ciudad como una presencia peligrosa, amenazante; que es habitada por hombres misteriosos y mujeres fatales. Es entonces que la cámara se enfoca sobre sombras, humo de cigarro, reflejos. También, existe un tercer conjunto de escenas. Su tono y estética recuerdan a las comedias criminales inspiradas por Pulp Fiction (Tarantino, 1994), otra cinta angelina.

La relación con aquella va todavía más lejos. En un principio, el orden de las escenas establece las bases para una estructura coral. Sin embargo, cada vez que parece que las tramas paralelas convergerán en algún punto, éstas se separan de nuevo. Nada en Mulholland Drive termina de conectar. Cada vez que Lynch plantea algún lugar común y genera la expectativa de una conclusión familiar, los personajes o la trama toman un camino diferente.

Este empleo de la anticipación como recurso estético metatextual también funciona de la manera opuesta. Como espectadores, cuando algún personaje explica con lujo de detalle que algo pasará de cierta manera, hemos llegado a esperar que la acción en pantalla sea distinta. No obstante, hay múltiples ocasiones en las que Lynch subvierte nuestras expectativas de la forma más irónica posible: entregándonos exactamente lo que anunció que nos daría.

Si las escenas del hombre detrás de Winkeys, la selección de la nueva protagonista y el concierto en el Club Silencio resultan tan desconcertantes, es precisamente porque ninguna presenta giros argumentales. Por su parte, la escena de la audición de Betty combina ambos enfoques. Muestra la acción anunciada, en el mismo contexto y con los mismos diálogos; pero subvierte las expectativas con un cambio súbito y radical de tono.

Aunque estos vuelcos abruptos en estética y tono están presentes en todo momento, se vuelven más comunes con el avance de la trama. De alguna manera, es como si la realidad se filtrara a gotas en el tejido artificial del cine. Sin embargo, una vez que estamos a punto de descifrar el misterio, el goteo se convierte en ráfaga, la ilusión se despedaza y sólo nos queda la realidad en estado bruto.

A partir de este momento, la historia que hemos experimentado se revela como una simulación, no muy distinta a Los Ángeles, que falsifica su supuesta herencia europea con edificios historicistas y refinamiento kitsch. Entonces, entendemos lo que Lynch nos ha estado mostrando. Mulholland Drive es la última fantasía de una mujer moribunda, una mentira piadosa que construyó para sí misma con algunos retazos de los peores días de su vida.

Desde esta perspectiva, el filme tal vez sea la panorámica más fascinante, más puramente cinematográfica, que se haya hecho sobre el inconsciente y sus mecanismos. En Mulholland Drive, operaciones oníricas como la disociación de la identidad, la flexibilidad del tiempo y la reconfiguración arbitraria de la memoria cobran forma de cine. Incluso; los sueños de Diane, que llegó a Los Ángeles con la esperanza de convertirse en estrella, tienen la estructura y apariencia de películas.

El retrato que Lynch dedica a su ciudad adoptiva no se siente ni como un homenaje ingenuo ni como una sátira cínica. Se siente, más bien, como una melancólica carta de amor para la capital de los sueños rotos. Es una obra maestra, que exige ser vista por lo menos dos veces. La primera es para zambullirnos en sus paisajes hipnóticos, hechos de luces difusas y sonidos vaporosos. Es para perdernos en la intensidad pura de sus momentos. La segunda nos sirve para recontextualizar lo visto y lo sentido, para ensamblar las piezas de una historia tan bella como desoladora.

Arturo liked this review